El torneo mundialista 2026 ya inció y, para México, esta edición ha tenido un camino bastante complicado. Entre obras que no se concluyen, otras que se caen y la eterna pregunta que aparece cada cuatro años, volvemos al ritual nacional:

¿Hasta dónde llegará la Selección Mexicana?

Es una pregunta que nos hacemos en cada Mundial y, admitámoslo, como mexicanos todavía no estamos en ese punto de decir: “Este año sí ganamos la final”. La fe existe, claro, pero tampoco hay que insultar a la calculadora.

Los números están en nuestra contra. De acuerdo con el modelo de Joachim Klement, el matemático alemán que acertó a los últimos tres campeones de la Copa del Mundo, el panorama para México no es precisamente una postal motivacional. En su pronóstico, la Selección Mexicana apenas avanza como tercer lugar de su grupo, por detrás de Corea del Sur y Chequia, y queda eliminada por Bélgica en los dieciseisavos de final.

Por si eso no fuera suficiente, Opta Analyst, que básicamente es el sitio donde convirtieron el futbol en miles de millones de datos, modelos predictivos y ansiedad estadística, le da a México apenas un pequeño porcentaje de posibilidades de levantar la Copa del Mundo.

Y aquí aparece la gran pregunta de esta nota:

¿La fe de los mexicanos podrá contra las matemáticas?

Porque si algo forma parte de nuestra cultura es tener fe. Fe en que el camión todavía pasa. Fe en que el banco no nos va a hacer perder toda la mañana. Fe en que el “ahorita” sí significa ahorita. Y, por supuesto, fe en la Selección Mexicana, aunque la Selección a veces parezca empeñada en probar nuestros límites espirituales.

Todos recordamos al amigo que en la escuela rogaba por no reprobar una materia. Tal vez fuiste tú. Tal vez fuimos todos. Ese alumno que necesitaba un milagro académico, entregaba un trabajo incompleto, contestaba medio examen por inspiración divina y, de alguna forma inexplicable, sacaba 6. No aprobaba con gloria, pero aprobaba. Y en México, a veces, eso ya cuenta como épica.

En el futbol no ha sido tan distinto.

En Estados Unidos 1994, México compartió grupo con Italia, Irlanda y Noruega. Los cuatro equipos terminaron con los mismos puntos y la misma diferencia de goles, algo único en la historia de los Mundiales. México avanzó como líder de grupo por haber anotado más goles.

Dicho de otra forma: en 1994, México no ganó el grupo; sobrevivió a una tabla que parecía hecha por Hacienda, donde todos debían lo mismo, pero el Tri encontró un comprobante extra.

Luego está el gran episodio de Rusia 2018, quizá el momento más claro en el que pareció que los rezos de todo un país fueron escuchados.

México perdió 3-0 contra Suecia en el último partido de la fase de grupos. Normalmente, una derrota así huele a eliminación, velorio deportivo y mesa de análisis con señores gritando como si estuvieran explicando la caída de Roma. Pero, al mismo tiempo, Corea del Sur venció 2-0 a Alemania, eliminó al campeón vigente y permitió que México avanzara a octavos de final como segundo del Grupo F.

Ese día Corea del Sur no solo ganó un partido: se convirtió en héroe nacional honorario. Hubo mexicanos festejando en la embajada coreana, agradeciendo como si Son Heung-min hubiera nacido en Tepito y estudiado la primaria en Ecatepec.

Y sí, estamos de acuerdo: si creer funciona y además tiene límite, probablemente México ya se gastó varias vidas extra antes de tiempo.

Pero hoy, otra vez, estamos aquí. Con dudas, con estadísticas en contra, con modelos predictivos que no nos favorecen y con esa necia costumbre mexicana de creer cuando todo indica que deberíamos comportarnos como adultos funcionales y aceptar la realidad.

Porque tal vez México no llegue como favorito. Tal vez no tenga al plantel más poderoso. Tal vez los números digan una cosa y la historia nos recuerde otra. Pero si algo ha demostrado el futbol mexicano es que, cada cierto tiempo, cuando todo parece perdido, aparece una combinación absurda de resultados, goles ajenos, cuentas imposibles y fe nacional que mantiene viva la ilusión.

La matemática dice que México tiene pocas posibilidades.

La fe mexicana responde: “Pero no son cero”.

Y en este país, donde hemos hecho milagros con menos, eso basta para volver a creer.

Deja un comentario

Tendencias