Hace unas semanas escribí sobre la fe y el peso que tiene en los mexicanos. Pero hablaba de una fe más parecida a la de pasar de panzazo, a la de decir “pues ahí vamos”, a esa esperanza medio rota pero necia que nos acompaña, aunque la lógica ya haya empacado sus cosas y se haya ido.

Esta vez fue distinto.

La Selección Mexicana jugó tan bien que nos hizo sentir una fe diferente. No la fe resignada de siempre, sino una más peligrosa, más bonita, más cruel: la fe de verdad. Esa que nos hizo preguntarnos, casi en silencio y casi con miedo: ¿y si sí?

¿Y si esta vez sí llegamos lejos?

¿Y si esta vez sí rompemos la historia?

¿Y si esta vez sí dejamos de ser el equipo del “ya merito”?

¿Y si, por una vez, el sueño no se nos muere en octavos?

México hizo una fase de grupos histórica: ganó sus tres partidos y no recibió gol. Se metió en esa pequeña conversación de selecciones que no solo avanzan, sino que lo hacen con autoridad. Raúl “Tala” Rangel sostuvo una racha de casi 400 minutos sin recibir gol, y por unos días su nombre empezó a sentarse, aunque fuera en la orillita de la mesa, junto a porteros que antes veíamos como de otra galaxia: Casillas, Buffon y esas figuras que uno menciona bajito para no invocar comparaciones imposibles.

Tuvimos goles, tuvimos emoción, tuvimos una selección que no parecía estar pidiendo permiso para competir. Y eso, para el mexicano acostumbrado al sufrimiento deportivo como si fuera trámite de gobierno, ya era bastante.

Pero el sueño terminó como han terminado tantos otros: en octavos de final.

México perdió 3-2 contra Inglaterra, y otra vez se nos cerró la puerta. Otra vez nos quedamos mirando el torneo desde fuera. Otra vez nos tocó guardar la playera con esa mezcla de orgullo, coraje y tristeza que ya conocemos demasiado bien.

Pero aquí viene lo interesante de este Mundial.

Porque mientras Canadá quedó eliminado sin que el futbol pareciera sacudir demasiado su vida cotidiana, y mientras Estados Unidos volvió a demostrar que muchas veces consume el futbol más como espectáculo, negocio y producto que como herencia cultural, México hizo lo que mejor sabe hacer: convertir un torneo en una fiesta nacional.

Y no lo digo solo desde la emoción. Los datos también lo cuentan.

El Mundial se metió a las casas mexicanas, a las cocinas, a las tienditas, a los bares, a las plazas y a las conversaciones familiares. Hubo estimaciones de reuniones de hasta 3,000 pesos por partido para juntar a 10 personas entre botanas, refrescos, cerveza y comida. Casi la mitad de los aficionados esperaba gastar más durante el torneo. Y el México vs Inglaterra fue visto por casi 60 millones de personas, convirtiéndose en uno de los eventos deportivos más vistos del siglo en el país.

Eso no es solo futbol. Eso es identidad.

México recibió 13 partidos y casi 790 mil aficionados en sus estadios. Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey no fueron solamente sedes: fueron escenarios de una forma muy mexicana de entender el mundo. Una donde se puede llorar por perder, abrazar al rival, burlarse del destino, comer como si el partido durara seis horas y cantar, aunque ya no quede nada que ganar.

También hubo imágenes que dijeron más que cualquier discurso: reporteros lanzados al aire al grito de “quiere volar”, aficionados abrazando a gente de otros países, calles convertidas en celebración, familias enteras reunidas frente a una pantalla, desconocidos gritando el mismo gol como si fueran parientes de toda la vida.

Y quizá una de las escenas más bonitas llegó al final. Ingleses que temían encontrarse con agresiones terminaron encontrándose con mexicanos celebrando con ellos. Porque sí, nos duele perder, y nos duele mucho. Pero también sabemos reconocer al que gana. Sabemos hacer fiesta incluso con el corazón roto. Sabemos recibir al otro, aunque nos haya eliminado.

Eso también habla de nosotros.

Esta derrota no se sintió como las de otros años. Claro que hubo errores. Claro que el segundo gol de Inglaterra llegó demasiado pronto después del primero y nos desbalanceó emocional y futbolísticamente. Claro que duele porque volvimos a caer en la misma ronda donde tantas veces se nos ha terminado la ilusión.

Pero esta vez no se sintió como fracaso vacío.

Esta vez vimos a una Selección que intentó jugar en grande hasta el final. Una Selección que no salió a esconderse. Una Selección que nos hizo creer sin pedirnos perdón por hacerlo. Y eso, aunque no alcance para levantar una copa, sí alcanza para dejar algo sembrado.

Tal vez México no ganó el Mundial, tal vez ni siquiera rompió la maldición de los octavos. tal vez volvimos a perder como siempre. pero esta vez hubo algo diferente: no perdimos desde la vergüenza, perdimos desde la esperanza y eso cambia todo.

Porque durante unas semanas, este país volvió a imaginarse grande. Volvió a creer que podía. Volvió a verse unido, ruidoso, intenso, generoso y profundamente vivo. México no llegó a cuartos, pero volvió a demostrar que cuando el mundo llega a nuestra casa, sabemos recibirlo mejor que nadie.

La Selección se fue, sí, pero dejó una fe distinta. Una fe menos resignada y más valiente, una fe que ya no preguntaba “a ver si no perdemos”, una fe que se atrevió a preguntar: 

¿y si sí?

Tal vez por eso esta derrota se sintió distinta. Porque esta vez no nos quedamos solamente con la fe de siempre, esa que espera, aunque no tenga razones. Esta vez dimos un paso más; cambiamos la fe por la esperanza. Y la esperanza no solo cree; la esperanza mira hacia adelante, exige más, sueña mejor y nos recuerda que quizá algún día ese eterno “¿y si sí?” deje de ser pregunta y se convierta en respuesta.

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